¿El nazismo y el fascismo eran de izquierda? 5 claves para entender por qué la historia niega la afirmación de Milei

Por Francisco Muzzo

4 Febrero de 2025 14.15

Hitler y Mussolini reunidos en Múnich en 1937 — Fox Photos / Getty Images

El presidente Javier Milei afirmó anoche en una entrevista televisiva que "el fascismo es socialismo" y sostuvo que el nazismo alemán fue un movimiento político de izquierda. Su declaración coincide con posturas similares expresadas por el magnate Elon Musk y el partido ultraderechista alemán Alternativa por Alemania, pero contradice el consenso académico occidental consolidado tras la Segunda Guerra Mundial. Según este canon, el fascismo y el nazismo formaron parte de la ola de ultraderecha que surgió en Europa durante las primeras décadas del siglo XX, junto con otros regímenes como los de Francisco Franco en España y António Salazar en Portugal.

Grok y Chat GPT contra Milei.

Un buen ejercicio para sintetizar el debate es consultar a la inteligencia artificial respecto de la afirmación del mandatario. Si se le pregunta a Grok, desarrollado por una empresa del propio Musk, el chatbot afirma que el presunto socialismo de los nazis "era más bien una retórica usada para atraer a la clase trabajadora, mientras sus políticas reales se alineaban más con el fascismo y la extrema derecha", y argumenta esta afirmación con una serie de elementos presentes en esta ideología, como el nacionalismo extremo, el anticomunismo, el autoritarismo y el conservadurismo social. ChatGPT, por su parte, afirma que el nazismo "lejos de ser un movimiento de izquierda, representó una forma extrema de ultraderecha, caracterizada por su oposición al comunismo, su defensa del capitalismo corporativo, su nacionalismo excluyente y su conservadurismo social".

Las claves

Una década de crisis para el liberalismo occidental.

Uno de los elementos centrales en la asociación entre nazifascismo e izquierda es la postura antiliberal de estos movimientos políticos. Sin embargo, esta interpretación carece de fundamento en el contexto de la década de 1930. La crisis de 1929, la consolidación de la Unión Soviética y las tensiones del período de entreguerras pusieron en jaque el modelo liberal que había predominado en los países centrales desde finales del siglo XIX. En este marco, el dirigismo económico no era una excepción, sino parte de una tendencia generalizada dentro de las principales potencias de la época. 

  • Crisis del 29 y New Deal. El colapso financiero de 1929 hizo tambalear el modelo liberal que había primado en los países centrales desde finales del siglo XIX. Frente a la recesión, las principales economías occidentales se orientaron hacia esquemas de mayor intervención estatal. El principal emergente de este fenómeno fue el New Deal estadounidense, un conjunto de políticas económicas y sociales implementadas a lo largo de la década del 30 en las que el Estado aparecía como el principal motor de recuperación económica. Estrategias similares, aunque de menor impacto, emergieron en esos años en otros países, especialmente de Europa.
  • La amenaza soviética. La consolidación de la Unión Soviética presentaba un desafío ideológico y estratégico para Occidente, máxime cuando quedó en evidencia que el modelo bolchevique de ausencia de un sistema capitalista y de mercado, control estatal e industrialización planificada no solo había sido efectivo para aislar a Moscú de los efectos de la crisis de 1929 sino que también comenzaba a posicionar al país socialista entre los más desarrollados de Europa en términos industriales. Este contexto exacerbó el anticomunismo de las élites políticas y empresariales de las principales potencias capitalistas, que comenzaron a temer que las intentonas revolucionarias se generalizaran en sus países.
  • La Europa de entreguerras. En las potencias europeas derrotadas en la Primera Guerra Mundial, como Alemania e Italia, el descontento con los tratados de paz alimentó la expansión de movimientos ultranacionalistas que rechazaban, ante todo, los condicionamientos y las sanciones impuestos por las potencias vencedoras. Estas ideologías partían de elementos ultraconservadores como la reivindicación de la supremacía racial, en el caso del nazismo, y de la necesidad de recuperar un supuesto pasado nacional glorioso, en el caso del fascismo. Pero, en ningún caso, estructuraban las problemáticas de sus sociedades en términos de clase ni planteaban cuestionamientos al capital ni a la propiedad privada.

Hitler contra la izquierda.

En Hitler: la biografía definitiva, el historiador británico Ian Kershaw asegura que el ascenso del dictador de origen austríaco al poder en 1933 estuvo marcado por un discurso ferozmente anticomunista y antiliberal, con la promesa de erradicar la influencia de la izquierda en Alemania. Robert Paxton, en La Anatomía del Fascismo, destaca además que el nazismo buscó desde sus primeros días suprimir a la izquierda política y a los sindicatos independientes, mientras establecía una economía que beneficiaba a las grandes corporaciones y reforzaba la jerarquía social y racial. Cuatro claves para entender mejor:

  • Ascenso nazi y persecución ideológica. Desde sus inicios, el nazismo se presentó como un movimiento antisocialista y anticomunista. Hitler y el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) combatieron a los partidos de izquierda, especialmente al Partido Comunista Alemán (KPD) y al Partido Socialdemócrata (SPD), a quienes consideraban enemigos de la nación. Con el nazismo en el poder comenzó una brutal represión contra líderes sindicales, militantes de izquierda y opositores políticos, que fueron encarcelados, asesinados o enviados a los primeros campos de concentración, como Dachau.
  • La Noche de los cuchillos largos. En junio de 1934, Hitler ordenó la Noche de los cuchillos largos, una purga dentro del propio nazismo para eliminar a la facción más "radical" del partido, representada por las SA (Sturmabteilung) de Ernst Röhm. En ese entonces, las SA sostenían una retórica autonomista con ciertos cuestionamientos a las grandes corporaciones que representaban una amenaza para el acercamiento de Hitler con la élite empresarial y el ejército. Su exterminio sirvió como elemento propagandístico del régimen para advertir contra cualquier "desviación izquierdista" dentro del propio nazismo.
  • El comunismo, un invento judío. Otro elemento central en el anticomunismo hitleriano es su vinculación con el antisemitismo. En Mi Lucha, Hitler describió al bolchevismo como una herramienta del judaísmo internacional para subvertir la civilización europea. Esta visión justificó la represión sistemática contra comunistas, socialistas y judíos, quienes fueron perseguidos y exterminados en los campos de concentración.
  • El sueño nazi. El nazismo no promovió una lucha de clases, como lo hacía el marxismo, sino una jerarquía racial en la que cada individuo debía cumplir su rol dentro del Estado. Hitler proponía una sociedad en la que los conflictos de clase desaparecieran, no a través de la igualdad, sino mediante la subordinación de los trabajadores al Volk (pueblo racialmente puro), con el Estado como garante de la paz social a través del control de los sindicatos y de su alianza estratégica con las grandes corporaciones y los monopolios privados.

Los anticomunismos de Mussolini, Franco y Salazar.

Según Paxton, el ascenso de los regímenes fascistas y autoritarios en Italia, España y Portugal estuvo marcado por un fuerte anticomunismo y una alianza con las élites tradicionales, que vieron en estos líderes una barrera contra la expansión de los movimientos socialistas y anarquistas. Benito Mussolini en Italia, Francisco Franco en España y António de Oliveira Salazar en Portugal consolidaron Estados represivos, nacionalistas y ultraconservadores, en los que la supresión de la izquierda fue un objetivo central para la estabilidad de sus regímenes.

  • La marcha sobre Roma y el anticomunismo fascista. En 1922, Benito Mussolini lideró la Marcha sobre Roma, un golpe de presión política que llevó al rey Víctor Manuel III a entregarle el poder. Como sostiene Kershaw, desde el inicio el fascismo italiano se definió como un movimiento reaccionario contra el socialismo, utilizando la violencia de las camisas negras para reprimir huelgas y atacar a militantes comunistas y sindicalistas. Una vez en el poder, Mussolini persiguió a la izquierda, disolvió los partidos políticos y estableció un Estado corporativista en el que las grandes empresas y el aparato estatal se fusionaron para mantener el orden y la jerarquía social.
  • El golpe franquista y el fin del sueño socialista republicano. En 1936, el general Francisco Franco encabezó un golpe de Estado contra la Segunda República Española, apoyado por sectores militares, la Iglesia y la oligarquía terrateniente. La Guerra Civil Española (1936-1939) fue el escenario de una feroz represión contra socialistas, comunistas y anarquistas, quienes habían impulsado reformas progresistas en los años previos. Tras su victoria, Franco instauró una dictadura militar ultraconservadora, eliminó cualquier vestigio del movimiento obrero y consolidó un sistema de represión política basado en el nacional-catolicismo y la alianza con el capital privado.
  • El Estado Novo, colonialista, católico y ultraconservador. En Portugal, António Salazar estableció el Estado Novo (1933-1974), un régimen profundamente conservador, corporativista y colonialista. Basado en la doctrina del integralismo lusitano, el Estado Novo promovió una economía controlada por las élites industriales y agrarias, prohibió los partidos políticos y censuró cualquier forma de disidencia. Salazar justificó su autoritarismo en la defensa de los valores católicos y el mantenimiento del imperio colonial portugués, y suprimió cualquier intento de modernización política o económica que pudiera favorecer a los trabajadores.

El corporativismo nazifacista, un capitalismo para las corporaciones.

Una característica común a los regímenes ultraderechistas europeos del siglo XX es la implementación de una estructura socioproductiva corporativista, un modelo económico y político que organiza la sociedad en gremios o corporaciones representativas de distintos sectores productivos con el supuesto objetivo de armonizar las relaciones entre trabajadores y empresarios. Sin embargo, esta doctrina sirvió como herramienta para desmantelar el sindicalismo independiente, suprimir los derechos laborales y consolidar el poder de las grandes corporaciones aliadas al Estado. En todos los casos, el corporativismo fue un instrumento para sofocar la organización obrera y concentrar la riqueza en manos de las grandes corporaciones. 

  • Alemania. En Alemania, el ascenso de Hitler en 1933 significó la disolución de los sindicatos libres y su reemplazo por el Frente Alemán del Trabajo (DAF), una organización controlada por el Estado que eliminó la negociación colectiva y subordinó a los trabajadores a los intereses del régimen y de las grandes empresas. Al mismo tiempo, Hitler impulsó la privatización de empresas estatales y otorgó contratos millonarios a conglomerados industriales como IG Farben, Krupp, Siemens y Volkswagen, los cuales se enriquecieron con la economía de guerra y el uso masivo de trabajo forzado, incluso de prisioneros de los campos de concentración.
  • Italia. Mussolini aplicó un sistema similar en Italia: suprimió los sindicatos independientes y los sustituyó por sindicatos fascistas corporativos, integrados en el Estado y sin autonomía real. Bajo este esquema, la gran industria italiana, representada por empresas como Fiat y Pirelli, recibió amplios beneficios, mientras los derechos laborales fueron drásticamente restringidos.
  • España. En España, tras la victoria franquista en la Guerra Civil, Franco eliminó los sindicatos de clase y prohibió cualquier forma de organización obrera independiente, reemplazándolos por la Organización Sindical Española, controlada por el Estado y diseñada para disciplinar a los trabajadores. Al mismo tiempo, el franquismo favoreció a empresas como la Compañía Telefónica Nacional de España y SEAT, que se beneficiaron del apoyo estatal y de condiciones laborales controladas.
  • Portugal. En Portugal, el Estado Novo de António Salazar impuso un corporativismo férreo en el que los sindicatos fueron abolidos y reemplazados por gremios controlados por el gobierno, que garantizaban la estabilidad del sistema económico en favor de las élites. Empresas como CUF (Companhia União Fabril) y bancos ligados al régimen prosperaron bajo este modelo, mientras la clase trabajadora quedaba sin representación real ni capacidad de reclamo.

Dios, patria, familia y propiedad. El conservadurismo social.

Los regímenes fascistas europeos fueron profundamente conservadores en lo social. La familia tradicional, la religión y la obediencia a la autoridad fueron pilares fundamentales en sus ideologías. En España y Portugal, el nacional-catolicismo dominó la política y la vida pública, en las que la Iglesia desempeñaba un papel central. En Alemania e Italia, aunque el Estado tomó un papel más intervencionista, la estructura familiar tradicional y los valores patriarcales fueron reforzados. Además, en todos estos países, el derecho a la propiedad privada de las élites fue defendido a ultranza y se garantizó que los sectores privilegiados mantuvieran su dominio económico y social.