Javier Milei — Presidencia.

Con alguna mínima variación, las mediciones de opinión pública con seguimiento permanente coinciden en que, incluso en los mejores momentos de su gestión, el presidente Javier Milei jamás consiguió una aceptación más allá del umbral que alcanzó en el ballotage que lo catapultó a la Casa Rosada. Con altibajos, su techo de aprobación rondó el 55%, punto más, punto menos. Esos mismos sondeos son los que ahora coinciden en otra foto. Este mes, la evaluación presidencial y del Gobierno es la peor del ciclo histórico. Con picos de profundidad que cambian radicalmente la foto: a Milei ya no solo le cuesta el apoyo de los que nunca lo votaron, sino que está perdiendo apoyo en su núcleo duro, su piso de 30%, el de la primera vuelta de 2023.

La última encuesta de Opina Argentina detectó el máximo de evaluación negativa del Gobierno en abril, con un 66%. Pero el dato saliente del trabajo de la consultora de Facundo Nejamkis es que la evaluación positiva tocó el piso más bajo de todo el registro: 28%. Si se cruza este número con las elecciones 2023, significaría que a Milei le empiezan a soltar la mano sus propios votantes. 

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La melena que ya no seduce.

Sobre esta base cuantitativa, de por sí alarmante para el Gobierno, se suma la cualitativa. Los resultados de un focus group de Management & Fit muestran que Milei está en un proceso de ablande de su propia base electoral. "El capital de adhesión del presidente es más frágil de lo que sugieren los números de aprobación", resume el trabajo, realizado sobre diez grupos heterogéneos de todo el país. "No está sostenido por una identificación profunda sino por una evaluación de utilidad que puede revisarse ante señales negativas", agrega. 

Esto es peligroso para el oficialismo, pero este peligro convive con una mirada forzadamente positiva. Ese universo blando, utilitario y "desemocionalizado" que pierde cuando está mal, podría volver con cierta confianza cuando esté mejor. Le ha pasado en varias oportunidades a Milei desde que aterrizó en la Casa Rosada. Si en términos humanos -y electorales- el fin del amor es un resultado irreversible, este segmento blando difícilmente pueda dejar de amar al presidente básicamente porque nunca lo amó.

Una segunda lectura -ahora negativa- de estos resultados debería encender más luces rojas en el tablero del Gobierno: si la potencia de Milei era su penetración emocional en una porción del electorado, esa fuerza más intensa que la racional, lo que está en juego es su principal capital electoral. Está perdiendo volumen y atractivo la melena del león.

Milei se cae, pero nadie sube.

Uno de los consultores que sigue el minuto a minuto histórico del Gobierno resume el movimiento del electorado en una frase: "Milei se cae, pero nadie sube". Este dato se refleja en múltiples trabajos de opinión pública. De hecho, la misma encuesta de Opina Argentina que grafica el derrumbe en la evaluación de la gestión muestra que las dos principales referencias que tiene el universo pan peronista, Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, no capturan ni un punto de apoyo extra por esa caída. Cuando Milei pierde apoyo, el otro polo no se mueve. 

Esto mismo mostró la encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés. Kicillof, el más activo de los dirigentes que se paran enfrente a Milei, no cautiva la atención de aquellos que se alejan del centro de atracción presidencial.

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Esta ausencia de referencias alternativas surge también con claridad en el focus de Management & Fit. En uno de los grupos, en el que se reunió a personas autopercibidas como votantes oficialistas, una de las personas consultadas dejó la siguiente definición: "Si la economía mejora, lo voto de nuevo. Si sigue igual o peor, busco otra cosa. Y no sé qué".

Otro consultado, votante libertario del interior del país, soltó: "Si sigue así, me va a costar mucho defenderlo en 2027". Un umbral, el de las presidenciales del año que viene, que ante la falta de resultados económicos del Gobierno no solo se instala en las conversaciones del sistema político, sino también que empieza a permear la conversación pública.

Las diabluras del (¿ex?) amigo Mauricio.

Una de las personas en que más confianza deposita Mauricio Macri cruza esta hipótesis. "Cuando Milei cae, Macri sube", afirma. Esta tesis es muy difícil de corroborar en las encuestas activas, que siguen mostrando al líder del PRO como el dirigente político con peor imagen de todo el país, al menos de los que se siguen midiendo. La fuente se entusiasma todavía más: "Hoy, Mauricio mide lo mismo que Milei". La comparación, tan pícara como caprichosa, es con la imagen presidencial arrastrándose por el piso de sus números históricos.

Otro profeta del macrismo resume sus sensaciones ante los movimientos de Macri. "El jefe está queriendo hacer una diablura", dice. Lo dice después del Congreso del PRO en el que el expresidente se puso al frente de su partido y también después de que se dejara saber que estuvo reunido con Paolo Rocca. Y no en una mesa mano a mano de dos viejos conocidos, sino cada uno con sus consiglieri, como si lo que se habló allí necesitara de más cabezas para procesarlo.

Macri no quiere ser candidato a presidente. Se cansa de decirlo. Se lo dice a los propios, que ven en esta decisión quizás su propia subsistencia, y se lo dice también a los distintos actores del sistema con los que mantiene conversaciones. Uno de los que habló con el presidente del PRO en estos días, por caso, fue el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro.

Sin delegados, ni promesas, ni nada.

Macri quiere que su partido talle en la contienda electoral del año que viene. Mandó a buscar al menos 150 candidatos a intendente en todo el país y armó, para este lunes, una reunión virtual con la mesa política del PRO para evaluar los pasos a seguir. 

Pero su plan se enfrenta con dos problemas tan evidentes como de difícil resolución. Uno es personal. Si quiere tallar, pero no quiere ser candidato, ¿quién lo será? El PRO no tiene más figuras de alcance nacional. Macri ya no tiene ni a Patricia Bullrich ni a Horacio Rodríguez Larreta, como tenía en 2023. No tiene en quién delegar las expectativas que algunas mentes febriles del círculo rojo le acercan. 

El otro problema es la extraña propuesta con la que Macri decidió volver a presentarse ante el electorado. Dice que él, o el PRO, representa "el próximo paso". Ahora, si al Gobierno le va bien, ¿por qué Macri sería una opción electoral interesante, en lugar de la continuidad del mismísimo Milei? Y si al Gobierno le va mal, ¿por qué la salida sería una fuerza que avala toda la gestión política y económica de Milei, marcando ínfimas diferencias de tinte estrictamente personal? En esa trampa narrativa navega la fantasía macrista.